Sonaron por décima vez las campanas de la iglesia, Juan Manuel Gómez observa su reloj, las manecillas marcan diez en punto. Acaba de llegar a su casa, deja las llaves en la mesita, al lado de la puerta, el sonido de las llaves contra el mármol lo distraen por un segundo de sus pensamientos. Se quita el abrigo y procede a preparar el rifle que hace horas acababa de comprar - Mañana mi vida cambiará para siempre, nada será igual - piensa Juan Manuel mientras observa el retrato de su difunta esposa.
Suena el teléfono pero él no lo oye, se encuentra sumergido en su Mundo, lleno de odio, frustración, impotencia y dolor. Luego de un instante reacciona al escuchar el timbre, una sensación parecida al pánico recorre su espina dorsal y se le eriza la piel de la nuca, rápidamente esconde el arma detrás de la puerta. Observa por la mirilla, parece ser su vecina, abre la puerta y en efecto es ella - No tendrá una tacita de azúcar? - Juan Manuel recoge la azucarera y se la entrega sin mediar palabra ni gesto alguno, - Grac...- Sin dejarla completar la palabra le cierra la puerta en la cara. Lo ataca la urgencia y la ansiedad de volver a sus asuntos. Revisa nuevamente el arma, una vez más contempla la foto de su esposa y se va a dormir.
Un día nuevo comienza, Juan Manuel abre los ojos, se incorpora sobre la cama, mira a un punto fijo determinado a llevar a cabo su propósito. Un miedo paralizante lo invade de repente, hubiese preferido quedarse en esa habitación, sin embargo, su plan prima sobre su inseguridad, se obliga a salir para continuar una rutina sin levantar sospechas.
Se dirige a su trabajo, realiza el mismo camino de todos los días, ni siquiera piensa concientemente en cómo llega a la oficina, pero lo hace. Saluda a todos de forma automática, probablemente Nancy, la secretaria le habrá comentado detalles de su fin de semana, no lo recuerda. A la hora del almuerzo nadie nota su ausencia, el de contabilidad suele ser el relator de anécdotas, algunas reales, algunas prestadas y otras de dudosa veracidad, pero todos ríen y lo escuchan, mientras Juan Manuel se excusa con un dolor de estómago, nadie parece escucharlo, lo cual resulta conveniente.
La jornada parece interminable, no obstante el día acaba y vuelve casi con emoción contenida a su departamento. Sin preámbulos guarda el rifle en un estuche de guitarra, toma las llaves del auto y se despide de la foto de su esposa. En poco más de treinta minutos ya se encuentra en la terreza que enfrenta la sala de conferencia donde Eduardo se encuentra brindando un discurso. La construcción en la que se halla había sido detenida hace varias semanas, se había percatado de que esto fuese así y no toparse con ningún intruso que pusiera en peligro sus planes, solo hay ladrillos apilados, vigas y acero, de vez en cuando, algunas palomas le hacen companía. Ya ubicado en posición observa al hombre que le arrebató la vida a su esposa. En la noche de año nuevo Andrea regresaba tarde de hacer las últimas compras, en su paso apresurado no se dio cuenta de que al cruzar, un auto, casi sin control, sería quien detendría sus planes y su vida. Eduardo conducía ebrio, sin embargo, sus influencias políticas harían de él un hombre libre e inocente.
No se percata del tiempo que transcurre, los minutos se convierten en una hora, cada segundo parece más largo que el anterior. Siente frío en la espalda, el sudor empapa su camisa, el brazo se le acalambra y sus dedos tiemblan - Cómo un asesino puede enfrentarse a los últimos segundos antes de deslizar el dedo por el gatillo del rifle? - se pregunta - Dios, líbrame de este tormento, dame una salida para no terminar con la vida de este hombre - Vuelve a recordar la mirada de su esposa, en terapia intensiva, había intentando decir unas últimas palabras, sus ojos lo decían, pero su vitalidad se esfumaba y con ello su voz también se apagada. El odio imperante le da fuerzas necesarias para consumar el hecho, aprieta el gatillo casi con los ojos cerrados. Esa noche no consigue dormir, una y otra vez revive el instante en el que aprieta el gatillo, ese disparo, luego la memoria se llena de huecos, no sabe cómo logró volver al departamento, sin embargo, la secuencia del asesinato se reproduce como una calesita delante de sus ojos.
Enciende el televisor - Estamos en directo desde el lugar de los hechos, donde fue asesinado Eduardo Domingo López, el empresario vinculado.. - el locutor seguía hablando pero ya había dejado de escucharlo. Un primer plano del cadáver invade la pantalla, se congela por algún problema técnico, le parece que el locutor pide disculpas al respecto pero Juan Manuel no presta atención, se detiene en una marca de nacimiento en el cuello, mientras se toca el suyo, es igual a la suya, un grito seguido de un disparo es lo último que se escucha esa noche.
Nota: Hace algunos años, muchos, diría, escribí esta breve historia con dos compañeros del colegio, Gisela y Gastón, no teníamos lugar de reunión por lo que nos citamos en el jardín del colegio, recostados sobre el césped nos dispusimos a tirar ideas, inicialmente el final sería algo distinto, sin embargo, me resultaba poco acorde agregar palabras al final publicado ahora, en mi acto de rebeldia dictatorial al momento de pasar el escrito en computadora omití ese final, no sé si aún me guardan rencor, sin embargo yo los recuerdo con cariño.
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