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Las manos llenas de diamantes

     Me pregunto si alguna vez se hicieron las siguientes preguntas ¿Cuándo comenzó mi amor por la literatura? ¿Cuándo me definí como lector? ¿A qué edad leí mi primer libro? y más atrás aun, ¿Cuándo aprendí a leer? La mayoría de nosotros podría afirmar, con bastante seguridad, que nuestro primer acercamiento a la lectura fue en primer grado de la escuela primaria, aunque para hacerle un poco de justicia, en jardín de infantes ya habíamos aprendido las primeras letras, a escribir nuestro nombre completo, a escribir mamá y papá tal vez pero no mucho más. 

     Ahora, si escarbamos en nuestra memoria, podríamos decir que no solo nuestros maestros nos iniciaron en las letras, probablemente haya sumado su granito de arena un hermano, un primo, un tío, un abuelo, un padre, una madre. En mi caso particular, puedo decir con orgullo que quien me enseñó a leer y escribir fue mi madre y por ello esta primera entrada se la dedico a ella, mi primer maestra.


     Mi mamá se llama Isabel, a diferencia mía jamás pisó el colegio secundario, no tuvo siquiera la oportunidad de acabar la escuela primaria, para ser más específicos, su carrera educativa culminó en sexto grado, dedicándose exclusivamente a trabajar a partir de esa deserción. No es de extrañar que siendo madre se marcara el objetivo de dar a sus hijos diferentes y mejores oportunidades. Cuando remonta en el pasado suele decirme que para cuando mi hermana y yo iniciábamos la escuela se esmeró por enseñarnos todo lo que había aprendido porque sabía que tarde o temprano superaríamos esa etapa y la superaríamos a ella. Así que cuando creyó que era el momento, se puso en acción.


     Allá por 1987, yo tendría unos 5 años, Alfonsín era entonces Presidente, eran malos tiempos económicos, muy malos de hecho, y desde luego, apenas nos alcanzaba para comer y poco más, no había dinero para libros ni cuentos, había que ser creativo. Recuerdo que por esos días, mi tío nos regaló un resma de hojas, unas que se usan aun hoy para imprimir facturas, son rectangulares, de muy bajo gramaje, con pequeños agujeritos a los lados. Mi mamá fue tomando hoja por hoja y con la ayuda de crayones, fibras o témperas (mi memoria me falla) pintó cada letra del abecedario, y las pegó en la pared de la habitación. Cada mañana al despertar veíamos las letras y las aprendíamos de memoria, las escribíamos en aquellas hojas, en imprenta, en cursiva. Posterior a ello comenzamos a armar sílabas, a escribir palabras básicas, leíamos carteles en la calle, o por lo menos lo intentábamos. Iniciando primer grado todavía nos quedaba el pendiente, leer textos. ¿Cómo resolvió mi mamá ese problema? Para responder a dicha cuestión, debo retroceder unos años más.


     Mis padres iniciaron su convivencia en una casita con una puerta verde (Hoy, casi 40 años después aun lleva ese color, los nuevos dueños mantuvieron la imagen frontal de la casa), apenas contaba con una habitación, una cocina, un baño y un muy pequeño patio. Como suele decirse, empezaron con una mano adelante y otra atrás. Mi mamá cuenta que apenas tenían una mesita, un sofá cama, un radiograbador y alguna otra cosilla más. Eran jóvenes, tenían entre 21 y 23 años, necesitaban entretenimiento, no tenían TV, que tampoco era algo extraño, en aquella economía, siendo de clase baja. Sin embargo tuvieron iniciativa, comenzaron a leer historietas, conseguían un par, los acababan y gracias al trueque volvían a la fuente y los intercambiaban por otros. Mantuvieron la costumbre hasta que consiguieron su primer televisor, un Talent, a color, lo que se diría, un lujo, dejando de lado a las historietas. Vale decir que algunas prevalecieron, y aunque al inicio solo eran dibujos para nosotras, cuando llegó el momento se convirtieron en nuestra primera fuente de lectura. 


     Patoruzito, Dartagnan, Intervalo... seguramente debo olvidar alguna que otra historieta. Ahora, a medida que escribo se me vienen a la mente imágenes, historias, lo que sentí al leerlas, digamos, la nostalgia. Muy a mi pesar perdí aquellos números, no me culpen, han pasado 30 años. Entre tantos recuerdos que sobrevuelan por mi mente, voy a elegir uno, la primer historia que leí, la primera vez que mi mamá nos sentó a mi hermana y a mí en la habitación con un número de la Revista Intervalo enfrente, dispuestas a leer nuestras primeras líneas. El número era "Las manos llenas de diamantes", una publicación de 1988, este ejemplar contaba con varias historias pero, sin lugar a dudas, la que le daba nombre al número era mi favorita, mi hermana y yo nos poníamos en papel de los personajes, Ana y Mark, también le hacíamos las voces a Fabio y a la madre de Ana, entre tantos otros. Lo curioso de este ejemplar es que la novela romántica narrada no terminaba allí, Ana, una chica ciega, debía debatirse entre Fabio, un doctor brillante que deseaba devolverle la vista y Mark, un desconocido misterioso pero varonil y apuesto, el final había quedado abierto. Sin embargo, hasta entonces no me había importado, solo tenía 6 años. Al inicio, la lectura fue difícil, nos costaba leer fluidamente pero una vez terminada la revista volvíamos a empezar, día tras día, al final, nos sabíamos de antemano el diálogo, y sin importar este detalle, la historia nos seguía emocionando. Ese fue uno de los mejores recuerdos de mi infancia, y de mi vida como lectora, hoy a los 35 años, tras muchos libros leídos, tras muchas páginas recorridas enmarco ese momento y lo hago presente. Mamá, gracias por ese tesoro. Tal vez muchos, espero que sean muchos, los que lean esta entrada y rememoren ese primer amor, léase, ese primer cuento, relato que los inició a ustedes compartan su pedacito de historia.




     Años después, pensando en el pasado, comencé a investigar sobre estas antiguas publicaciones argentinas, la mayoría se ha dejado de publicar, de hecho Intervalo terminó su trayectoria en 1967, para quienes tuvieron oportunidad de leer sus historias recordará la calidad de sus dibujos, las contratapas con dibujos de famosos (Jack Nicholson para "Las manos llenas de diamantes") los guiones, los personajes, se han convertido en una reliquia valorada para quienes soñamos y crecimos con ellos. 




     Antes de finalizar, voy a cerrar con un bonus track, cómo mencioné arriba "Las manos llenas de diamantes" tenía un final inconcluso, dado que jamás había conseguido el número siguiente para quitarme la espina. Bueno, un día cualquiera, hace unos meses, tras 30 años de incertidumbre mi hermana me envía un mensaje por Whatsapp, me rememora la historia, y me envía un archivo pdf, sí, se deben figurar que se trata de la segunda y última parte de la narración. No podría describir mi emoción al tener el final en las manos, bah, en el celular, fue hermoso señores y señoras, los dibujos, los personajes, todo volvía al presente, pero tranquilos, no les haré spoiler. Por si conseguí despertar su curiosidad pueden dejarme en sus comentarios un medio de contacto para enviarles la historia. Sin más que añadir, gracias por leerme y hasta la próxima.

Comentarios

  1. Hola!!! Como estas?!!! Me gustaria recibir la novela completa de "Las manos llenas de diamantes".
    Me pasó algo parecido a vos, leí el primer capítulo y jamás pude encontrar el final.
    te agradezco si me lo podés enviar a mi correo: jcencinas1@outlook.es
    Muchas gracias!!!

    Juan Carlos.

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    Respuestas
    1. También me gustaría la historia completa pero no me sale la opción para comentarle a ésta persona

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    2. Hola, escribime al correo bmroxana22@gmail.com y te lo mando.

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