Mi experiencia con la muerte en el ámbito veterinario no data desde hace tanto tiempo, no obstante no suele ser algo a lo que, como seres humanos, somos ajenos en totalidad. A lo largo de la vida la experimentamos, más cerca o más lejos, con más o menos sentido.
Se suele decir que somos profesionales y que, como tal,
debemos ser objetivos, o por lo menos mantener un velo distante de los
pacientes. ¿Esto es posible? Tal vez en veinte años pueda sentir y escribir
algo distinto a lo que mi experiencia me dice hoy. Muchas veces logramos
(logro) distanciarme del sufrimiento de un perro o un gato tras su retirada de
la veterinaria en un intento de “ojos que no ven, corazón que no siente”. No
siempre se alcanza, pero se intenta. Sin embargo, la muerte es algo distinto,
es algo definitivo, te obliga a presenciarla y mirarla a los ojos, a veces en
más ocasiones de las que uno quisiera, de las que uno tolera. Y en mi corta
experiencia debo admitir que nunca estoy preparada, aunque ese animal merezca una
muerte digna, aunque uno le deba arrebatar el sufrimiento por piedad. Uno se
inscribe a la Facultad con la idea romántica que nos vendieron las películas y
Animal Planet “¡Vamos a salvar vidas!”. No señor, también vamos a ver irse
vidas. ¿Acaso lo tuvimos en cuenta? El corazón formará callos tras tantas
heridas, tal vez… Quiero creerlo y no. Después de todo, somos humanos y no
debemos dejar de serlo, yo no quiero dejar de serlo.
Hace algunos años, no puedo precisar cuántos, solía leer la
sección de cartas de lectores del diario Clarín, las historias humanas siempre
despertaron en mí un sentir particular. Hubo una historia que me conmovió
sobremanera, sobre un lector que recordaba a su perro, su amigo, un Doberman, Nerón.
Me llamó poderosamente la atención la forma de transmitir esos sentimientos tan
profundos hacia su mascota (palabra que, a día de hoy, me resulta inmensamente
inferior a lo que significa emocionalmente un amigo can o felino) y cómo este
señor recordaba que incluso le había prestado más atención a su perro que a sus
hijos. Era imposible no sentirse cercano al relato, no sentirse identificado.
Hace algunos otros años, perdí a uno de mis perros, Cacho,
derrame cerebelar diagnosticó el veterinario. La eutanasia fue una decisión
difícil, quienes atravesamos estas circunstancias lo sabemos, fue el dolor de
mi vida hasta ese momento. Las vivencias, la felicidad que nos trajo ese amigo,
la capacidad de amar de esa forma tan única e incondicional que nos enseñó, es casi
como una película que se te cruza por la retina y te punza más hondo de lo que
uno cree posible. Recuerdo haberme quedado abrazada a mi perro, incluso lo besé
aún cuando su último suspiro se había ido momentos atrás.
En 2016 cursé una materia, Enfermedades Parasitarias. Nuestra
docente, eminencia dentro del mundo universitario, nos contó una anécdota: le
había llegado un llamado o una visita (la memoria no acude ahora en mi ayuda)
de una dueña que se contactaba para darle un agradecimiento desde el alma
porque tiempo atrás había salvado a su perro, perro que recientemente había
salvado a su hija de ahogarse en la pileta familiar. Había sido el único
miembro de la familia en darse cuenta del infortunio de la niña y había
alertado a tiempo a la familia. De modo que la señora le recordaba a la colega
cuan vital había sido su ayuda (en forma indirecta, claro está) en la
supervivencia de su pequeña. Ese día
nuestra profesora, con lágrimas en los ojos, nos dijo algo que me quedó grabado
a fuego: “No subestimen el lazo entre una familia y su mascota, puede
significar algo que desconocemos, incluso puede significar en algunos casos su
única familia”.
Desde ese día pude hilar todas las historias que había
vivido, incluso la que había leído en el diario tiempo atrás. Entendí que mi
docente tenía razón y juré nunca olvidar esa premisa. Hoy casi estando más del
otro lado, del lado médico, vivo estas pérdidas desde otra perspectiva, procuro
mantener respeto y silencio por las vivencias y sentires ajenos. Cada animal
que ha tenido que pasar por una eutanasia o por una muerte natural debido a alguna
enfermedad se me queda grabado en las entrañas. Me pregunto a menudo si esto
será siempre así, ¿acaso uno se endurece con el tiempo? Intento aprender de
ello cada vez que ocurre, todavía no deja de sorprenderme lo que puede provocar
una pérdida. Cada una es diferente, cada una tiene su contexto y una historia
de vida detrás. Y a su vez, todas reúnen las mismas cualidades: dolor,
desconsuelo, incluso desesperación, pero al final hay gratitud infinita y amor
de una inmensidad que solo quién siente conoce. Al final de cada situación siempre
sale una anécdota contada con la cabeza gacha y los ojos llenos de lágrimas. Recuerdos
que pasan a través de esas miradas perdidas, con el dolor que fluye en los
tonos de voz, pequeñas historias, incluso a veces esbozando una sonrisa por
alguna travesura recordada. Uno los escucha mientras ellos se esfuerzan por
hacerte entender que no solo fueron el perro de la casa o el gato que dormía a
los pies, sino que también fueron amigos que los acompañaron en la muerte de un
familiar, que los acompañaron en desgracias económicas, que fueron cómplices viendo
crecer a sus propios hijos. Te cuentan sus manías, no quieren olvidar, quieren
dejar en tus oídos que existieron, todo lo que fueron junto a ellos, y que
seguirán estando de una manera u otra.
Como quisiera retener todas esas historias… Ojalá pudiera
recordarlas a todas, pero se escapan, se escabullen. Sin quererlo, obligado por
las circunstancias, uno termina formando parte de ese momento tan íntimo y
personal, y aunque es doloroso me repito que debo guardar ello en mi memoria
con gratitud. En vano, escarbo en mi mente para dar con una palabra precisa de
consuelo. En mi inutilidad me convenzo que, quizás, la tarea es saber acompañar,
aún en silencio.
En la ironía de la vida, tras un dueño que se va con su
mascota sin vida, entra otro dueño con un cachorro en brazos, a darse su primera
vacuna, a comprar su primer alimento, su primer collar,… Solo imaginen el
panorama, me sonrío por dentro, parece casi una crueldad ver ambas caras de la
vida casi en un mismo instante. Una que recuerda la vitalidad, la alegría, esas
sonrisas en familias que festejan cada gesto aprendido o espontáneo de su
mascota. Parece que hay tanto por delante, que todos esos momentos se repetirán
constantemente, que son inmortales...
Pero en la otra mano un amigo peludo que se va, un amigo peludo que alguna vez
fue aquel cachorro y ahora le tocó culminar su tránsito en esta vida.
Esbozo una sonrisa breve, entre amargura y alegría. Quizá,
muy en el fondo, me recuerda a mi propio paso por la vida, a mi mortalidad.
Gracias por todo el apoyo que nos están dando a la Intrépida y a mi. Gracias por tu humanidad y el ánimo que nos das a pesar de los malos pronósticos.
ResponderEliminar❤️.
Muy lindo relato. Me hiciste recordar a mi perro, también lo tuve abrazado cuando desgraciadamente lo tuve que sacrificar. Tenía trece años el, yo 39 cuando paso. 🥹
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